jueves, 6 de agosto de 2015

Historia y cultura de la Homosexualidad

Por. Francisco Javier Lagunes
La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio
No es raro escuchar en pláticas entre hombres de una edad y posición social semejante, cosas así como: “Yo una vez tuve sexo con un homosexual”. No por escuchar algo así muy frecuentemente puedo dejar de sorprenderme, pues se supone que para que haya una práctica homosexual ¿Por qué aventarle nada más a un lado toda la responsabilidad de este asunto? Como la gente suele considerar que tener sexo con alguien del mismo sexo de uno es algo malo (¿Malo para quién?), es común que no se quieran hacer responsables de sus actos homosexuales. Parafraseando la sabiduría de Sor Juana Inés de la Cruz podríamos decir: Hombres necios que acusáis al homosexual sin razón, sin ver que sois la ocasión de aquello que criticáis.
De hecho en la experiencia de muchos gays que son detectados como tales y sometidos al escarnio y las burlas por parte de otros de su edad, no es raro que, en corto y cuando nadie más los observa, algunos de los que más se burlan de ellos les hablen muy amablemente para proponerles uno de esos acercamientos de los que tanto se burlan. Por ello tampoco es raro que algunas mamás consentidoras acusen convencidas al “jotito del barrio” o a la “vestida” travesty, gay) de la esquina de pervertir a sus bodoquitos (aunque  tengan más de 20 años de edad los inocentes querubines). No cabe duda siempre  es fácil linchar (moral o materialmente) al primero que pase, agarrarlo de chivo expiatorio de mis propias tendencias que no puedo aceptar, que admitir sinceramente mis propios gustos diferentes a lo que se espera de mí.
En los debates sobre la homosexualidad no es raro escuchar que algunos digan: “El hombre y la mujer son hechos el uno para el otro y por eso los homosexuales no deben existir. Este argumento es realmente débil; los hombres homosexuales son hombres perfectamente normales y las lesbianas con mujeres perfectamente normales también, el hecho de que un hombre ame a otro hombre no lo expulsa del género masculino –y mucho menos de la especie humana—. Por otra parte, limitar toda la riqueza de la sexualidad humana y querer reducirla a su aspecto exclusivamente reproductivo sería un despropósito gravísimo.
Una de las posibilidades que nos da la sexualidad humana es, efectivamente la reproducción, sin embargo, construir una pareja estable, desarrollar una relación humana profunda que nos acerque al crecimiento individual y compartido no es un asunto que pueda reducirse a la biología reproductiva. ¿Acaso no puede existir amor del bueno en una pareja en la que uno o ambos integrantes son estériles (no pueden tener hijos)?, ¿Acaso las personas que ya pasaron por su edad reproductiva deben olvidarse del amor y de la vida sexual? Si tu respuesta es que la imposibilidad reproductiva no cierra el camino del amor, estarás de acuerdo  en que las parejas homosexuales pueden acceder también, de la misma manera, al amor. Además algunas estimaciones serias nos hablan de que, por cada persona que existe actualmente, hubo uno mil coitos (relaciones sexuales penetrativas). Esto quiere decir, que solamente uno de cada mil coitos resulta en la reproducción biológica de un nuevo ser; o sea que en la realidad el sexo reproductivo es una porción ínfima del amplio mundo de la sexualidad humana.
Por lo demás, me parece de lo más asombroso que, siendo tan amplias y radicales las diferencias físicas, biológicas, psicológicas y de género entre hombres y mujeres, pueda haber una buena comunicación  y comprensión entre personas con experiencias tan opuestas. En cambio, el que entre hombres o entre mujeres se entiendan, no parece, en principio, motivo de extrañeza.
Dado que este tema nos produce sentimientos tan fuertes y conflictos personales y sociales tan frecuentes, una pregunta parece saltarnos inmediatamente ¿Si siempre ha habido personas con prácticas homosexuales, cómo han sido sus vidas y la actitud de las otras culturas y sociedades hacia ellas?.

La homosexualidad, ¿Descubrimiento o invención?
La homosexualidad se entiende actualmente como una orientación permanente del deseo sexual (es decir, del deseo erótico, pero también de la afectividad) hacia una persona del mismo sexo. Esto quiere decir que no hablamos de una práctica sexual ocasional (aunque puede ser más o menos satisfactoria), sino de una tendencia estable preponderadamente de la persona. Este concepto de la homosexualidad es relativamente nuevo  en la historia.
La primera vez que se utilizó esta palabra con el significado que ahora le damos fue en la Federación del Norte de Alemania en 1869, Karl María Kerheny (1824-1882) intervino en el debate sobre si se debía mantener en el código penal prusiano el castigo a las prácticas sexuales entre personas del mismo sexo. Antes de esta fecha no existía el concepto moderno de homosexualidad como algo inherente e inamovible de la personalidad. Así que podemos afirmar que ningún documento anterior a 1869 prohibía la homosexualidad como tal, sino que solamente se refería a algunas prácticas sexuales específicas entre gente del mismo sexo, pero no al sentimiento permanente de atracción erótica y afectiva hacia la gente del mismo sexo.
Si volvemos al argumento común de los debates actuales sobre la homosexualidad, pero expresado en forma de frase religiosa. Cuando se dice Dios hizo a Adán y a Eva, el uno para el otro, pero no a los homosexuales, si su fuente es la Biblia o el Corán, recordemos que fueron escritos muchos años antes de 1869, por lo tanto no existía el concepto moderno de homosexualidad. Es decir, que nos encontramos en un falso debate ya que estamos hablando de cosas distintas con la misma palabra. Por lo demás ¿Acaso los homosexuales no son hijos de Dios?.
Por ejemplo, en los idioma griego (en el que se escribieron los Evangelios) y el Latín, ni siquiera existe una palabra que pueda traducirse por homosexual, ya que las categorías con las que manejaban su sexualidad eran muy distintas a la de la sociedad actual. Cada sociedad y cultura se da los valores que necesita para regular satisfactoriamente su vida social. En las sociedades en las que el contacto sexual entre personas de un mismo sexo no es algo que defina a un grupo cerrado o diferente de personas sería imposible pensar en los homosexuales como se entienden en nuestra sociedad. En muchas culturas el erotismo entre personas del mismo sexo formaba parte de la experiencia sexual normal de todos los miembros de la sociedad. Esas culturas no podrían concebir la homosexualidad como un atributo personal de algunos, como lo hacemos actualmente después de Kerteny.

El mundo Grecolatino
Si alguna vez leíste esa obra maestra de la literatura antigua griega que es la Ilíada de Homero, y si tuviste la suerte de que fuera una traducción profesional moderna y no una versión infantil censurada, tal vez te hayas dado cuenta de que el valeroso guerrero aqueo Aquiles fue asesinado al intentar vengar la muerte de su amante, el también guerrero Patrocio. En el relato épico de Homero, Aquiles es castigado por alguna clase de pecado (idea extraña al pensamiento griego arcaico), sino al contrario, es enviado a las islas de los bienaventurados por su valor.
El famoso mito platónico narrado en su Diálogo, El Banquete, que ha llegado deformado a nuestros días como la iconía de la media naranja, es un ejemplo interesante. Según este mito, la humanidad original era demasiado perfecta y todos tenían la forma de esferas. Un castigo de los dioses para evitar el exceso de la perfección humana dividió cada esfera en dos partes, y nos condenó a vivir así, buscando la mitad que nos complete. Platón sostiene que muchos hombres buscan como su complemento a una mujer (llamada en este caso amor común), pero que los hombres de espíritu más elevado son los que buscan a otro hombre para completarse (este era para él un amor celestial).
La sexualidad de los hombres en la Grecia clásica, era una especie de bisexualidad reglamentada. Para procrear hijos el matrimonio era la institución obligada, pero además podían tener prácticas sexuales con otros hombres, sin que ello les quitara la respetabilidad. Las relaciones sexuales entre hombres no sólo se toleraban sino que se  celebraban como un complemente necesario al sexo reproductivo. Sin embargo, hay que evitar una visión  excesiva e idealizada de la sexualidad griega, que se basaría en lo que quisiéramos para nosotros hoy y que en la investigación histórica se exige sobre la mentalidad con la que los griegos construían su experiencia.
La sexualidad griega y romana estaban centradas en la idea de la reciprocidad e igualdad sexuales (a diferencia de nuestra cultura actual), sino en la idea de dominación. La relación sexual entre hombres consistía en un hombre mayor activo y un hombre menor pasivo. El mayor disfrutaba con esta actividad, pero no se esperaba que el menor lo hiciera. Entre los griegos el mayor era llamado erastes y el menor eromenos. Si bien la pasión era la principal motivación  del erastes, en el caso del eromenos había diferentes motivaciones: sentirse deseado, cumplir con un ritual necesario para el posterior reconocimiento como hombre adulto, mejorar sus posición social, etc.
Si alguien se salía de las reglas de la sociedad también era motivo de burlas y sarcasmos. Si bien es cierto que filósofos como Bión y Zenón, así como Alejandro Magno (el mayor conquistador de todos los tiempos, que derrotó a los persas y unificó su mando el mundo de su tiempo) eran conocidos por su interés exclusivo por hombres y nadie los criticó por ello en su época, en cambio el emperador romano Julio  César era objeto de innumerables burlas por el hecho de desempeñar el papel pasivo que correspondería a alguien de edad menor que él.

América precolombina
Cuando los españoles llegaron a lo que hoy conocemos como Veracruz expresaron su sorpresa y rechazo por lo extendido de ciertas prácticas sexuales entre hombres por parte de los totonacas. Si bien entre los aztecas existía una prohibición completa (bajo pena de muerte) del sexo entre hombres, otros pueblos tenían una visión diferente sobre este asunto. Los conquistadores europeos, utilizaron el llamado pecado nefando como una justificación para el expolio de las tierras y riquezas indígenas. Durante el S.XVI aplicaron la pena del aperreamiento (asesinar a los indígenas con jaurías de perros galgos) contra las comunidades indígenas a las que querían despojar de sus tierras. Solo tenía que declarar alguien que había visto el pecado nefando y el aperreamiento de los indígenas quedaba justificado formalmente. Por si no fuera suficiente con estos asesinatos y con las epidemias que trajeron los europeos atribuyeron además con un supuesto castigo de Dios, impuesto debido a la pretendida sodomía de los indígenas.
Actualmente en algunas culturas indígenas  no solamente se respeta a los hombres que no se casan  que tienen relaciones sexuales con otros hombres sino que en algunos casos estas personas son reverenciadas como intercesores privilegiados ante la divinidad. En la cultura zapoteca, existe todavía (aunque tiende a desaparecer, como la mayoría de los rasgos culturales tradicionales) la institución del mushe.
El mushe es un hijo varón, generalmente el menor, de quien no se espera que se case sino que se dedique a cuidar a los padres en la vejez; por ello, obviamente no es rechazado por éstos, sino que tiende a ser el hijo consentido. Del moshe se espera que desempeñe un rol sexual pasivo.

En diversos grupos indígenas de Norteamérica se asigna un rol femenino a los hombres que manifiestan su interés por asumirlo, y esto es así en lo que se refiere a su vestimenta y obligaciones. Los hombres de estos grupos prefieren formar pareja con un bendache (nombre que le dieron los misioneros franceses del S. XVIII) que con una mujer, antes dicen que  “son más hacendosos”. Esto no es poca cosa en las culturas de cazadores, recolectores, elementos fundamentales de su calidad de vida y de su alimentación dependen de la habilidad de la mujer para recolectar y elaborar instrumentos. También existen las mujeres bendaches, que desempeñan funciones masculinas, fabrican armas y cazan. En estos pueblos no se considera que un hombre que tuviera sexo con un bendache fuera homosexual, ya que los bendaches son considerados como mujeres, o como un tercer sexo, por ello, tener sexo con ellos no es tener sexo entre hombres en su cultura. Un bendache no podría tener sexo con otro bendache ya que esto sería visto como tabú, es decir, como una forma de incesto. Las mujeres bendaches también tenían esposas o compañeras duraderas.
En el mito de la creación navajo, un hombre y una mujer viven en un mundo difícil e infeliz hasta que dos gemelos, el niño Turquesa y la niña Concha Blanca, los primeros bendaches, les enseñan a cultivar, a hacer cerámica, canastos y otros artefactos con hachas de piedra. Algunos pueblos creen que si un guerrero trata de que los bendaches cambien su vestimenta y condición especial, espíritus enfadados castigan a la comunidad y mueren muchas personas.

Ritos de iniciación
En muchas culturas existen diferentes rituales, que tienen la finalidad de marcar una diferencia decisiva entre una etapa y otra, o entre el dentro y el afuera de una institución. En nuestra sociedad existen también ritos de paso, por ejemplo, las novatadas escolares, los castigos disciplinadores a los reclutas del ejército o en las cárceles, etc.
De particular importancia son los rituales que marcan la salida de la infancia y el ingreso al mundo de los adultos; la mayoría de las culturas no se enrollan inventando el estado intermedio de la adolescencia como nosotros.
Varios pueblos melanesios (del griego: melas, negro, nesio, islas), especialmente los sambios de las montañas de  Papúa-Nueva Guinea eran comunidades guerreras que valoraban sobre todas las cosas los atributos de la masculinidad. Ellos creían que la feminidad se desarrollaba de manera espontánea, pero no así la masculinidad. Desde los ocho años separaban a los niños de su madre y de las niñas y se iban a vivir con otros chicos jóvenes. Durante el periodo de iniciación se les sometía a ayunos sagrados rituales, para purificarlo eliminando la esencia femenina que se consideraba nociva. Ellos atribuían el desarrollo del vello, la voz, etc. Al contacto de los jóvenes con el semen de los adultos. En su visión del mundo era indispensable que los chicos recibieran el semen (oral o analmente, siguiendo estrictamente las reglas del grupo) durante varios años para transmitirles la fuerza y el valor viriles. Esta práctica se ha clasificado como homosexualidad transgeneracional porque se da entre los adultos y púberes, pero otra clasificación interesante es la de bisexualidad secuencial, por el hecho de que mientras maduran, todos los hombres tienen una etapa de práctica homosexual exclusiva, pasando luego a tener una vida predominantemente heterosexual (con gente del sexo diferente al suyo).
Este es un excelente ejemplo en el que no podríamos utilizar, sin más ni más, nuestro concepto de homosexualidad de Keribeny, ya que no estamos ante un atributo estable de un individuo, sino ante el patrón temporal de conducta que se abandona siguiendo un calendario predeterminado por su cultura. Además de ritual, esta actividad también tiene un significado erótico, ya que los adultos se excitaban y bromeaban sobre los chicos especialmente atractivos que preferían.
Se observó que aproximadamente un 5% de los hombres sambios se desviaban de lo que se esperaba de ellos. Algunos hombres, eran conocidos por su escaso interés en las actividades homosexuales, y otros por el contrario, mostraban un interés demasiado elevado por las prácticas sexuales con otros hombres.

Algunas lecciones de otras culturas
El ejemplo de las costumbres del pueblo sambio demuestra que el sexo con otros hombres no es nada parecido a una enfermedad contagiosa; todos los hombres tenían sexo con otros hombres por algunos años y sólo una pequeña minoría prefería el sexo con otros hombres en la edad adulta. Aunque en su cultura no se pensaba siquiera que alguien pudiera ser señalado como diferente por ello.

En diversas culturas del Mediterráneo (celtas antiguos, sirios, sumerios, hititas, etc.) había ciertas prácticas rituales que incluían las relaciones sexuales con prostitutas y prostitutos sagrados en los templos de religiones pre-cristianas. Estas prácticas de veneración a diversas deidades eran comparables al sacrificio de animales o las ofrendas del incienso. De hecho muchos pasajes bíblicos que se han interpretado erróneamente como prohibiciones de la homosexualidad, en realidad son prohibiciones de estas prácticas idólatras. 
Cuando la Biblia les prohíbe a los judíos participar en la idolatría de la prostitución sagrada de los cananeos, lo que es abominación es cualquier forma de idolatría, pero no se prohíbe amar auténticamente a alguien del mismo sexo (y no puede prohibir esto, porque no se sabía que las personas pudieran presentar semejante atributo permanente e inherente).
Concluyamos recordando las palabras de David hacia Jonatán: “Estoy afligido por ti, Jonatán, hermano mío; tú me has sido muy estimado. Tu amor fue para mí más maravilloso que el amor de las mujeres (2ª. Samuel 1:26).

Fuente: Revista Desnudarse, de la Dra. Anabel Ochoa

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