viernes, 29 de mayo de 2015

Infidelidad: Culpas y pretextos

Por Dra. Anabel Ochoa

Hablamos de la traición como un dolor, y en realidad no sabemos ni donde nos duele. Mejor platiquemos al contario, de la fidelidad, de qué se trata y luego averiguamos que tanto  delito es no cumplirla.
El fiel de la balanza es la aguja que te garantiza que no te están viendo la cara, que lo que señala es cierto, que un kilo es un kilo y no 900 gramos. De ahí viene todo. Si resulta que el fiel es infiel, entonces no sirve para pesar, ni como medida, ni como parámetro de lo que estamos negociando. Algo parecido pasa con lo humano. Te dice un día tu pareja que: Sólo contigo mi vida, que nadie más tú en este mundo, que tod@s los demás sobran y…al rato, es mentira. ¿En qué quedamos?. Sería interesante saber si nos comprometemos a cosas que no podemos cumplir o por el contrario, no cumplimos cosas las que nos comprometemos. Echemos un ojo al asunto:

El enamorado fiel
Normalmente no distinguimos el enamoramiento del amor, son dos cosas bien distintas. En el enamoramiento te corren maripositas por el estómago, hueles la hormona del otro y te sientes en el cielo, te obsesionas con el amado y con nada mas; no puedo vivir sin ti, en la frase de los amantes incipientes, y es cierto. En este espacio la posibilidad de ser infiel es aberrante, impensable, simplemente imposible. Por tanto, nos mientes, de momento. Pero el proceso de ligazón necia hormonal no dura más allá de seis meses, dado que es un automatismo animal de la naturaleza para garantizar el encuentro sexual de la pareja. Es una esquizofrenia temporal, un arrebato bestial delicioso del que no puedes esperar mucho más a largo plazo. De ahí en adelante el proceso amoroso es otra cosa. Éste no se decide con la entrepierna sino con el cerebro. El amor consiste ahora en una aplicación de la voluntad –racional consciente y no animal inconsciente—de construir una historia con el otro, la decisión de llevar una historia a largo plazo con un proyecto de vida común, más allá de la calentura que te asistió en un primer encuentro. Si nos engañamos en este tránsito resulta que al declinar la hormona espontánea, al volverse acostumbrada y consentida, te dará un tremendo susto cuando averigües que el resto del mundo circulante te excita. Y éste no es el problema: El conflicto tremendo es que lo ignores y qué no sepas que hacer con ello. En este momento la decisión del manejo de tu instinto no es automático, es voluntario y para nada es lo mismo. Resulta completamente distinto que creyeras que no te atrae nada ene l mundo, a que sepas que este puede atraer todo, pero que decides estar con esta persona y no con el resto porque tu voluntad ordena los movimientos de tu entrepierna. Este es el único asunto.

El dolor del cuerno
Cuando hablamos de infidelidad nunca se puede ser un asunto recíproco. Resulta que poner el cuerno es algo sin importancia para quién lo ejerce, luchas porque sea tolerable, humano, comprensible, no grave, y que ni siquiera repercuta para hacer tanto “pancho”. Pero…Que te los pongan ¡Ay amigo!, eso es otra cosa. Eso es terrible. Resulta que la persona amada te hizo creer que eras el mejor del mundo, el elegido encima por encima de toda la vulgaridad humana, elevado al rango de un dios privilegiado, incomparable. Y de pronto…otro mortal usurpa sus privilegios, tal vez mejor que tú –sospechas de inmediato—, y sin remedio la autoestima que había crecido al ser amado se cae al piso: ya no soy lo que me dijeron ya no soy especial, ya no soy. Por comprensivo y liberal que seas ¡Cómo jode el cuerno!.

El otro
Ningún amante ronca la primera noche, solo los maridos. Cásate con el querido fantástico y, una vez convertido en rutinario, roncará como todos. La “otra”, el “otro”, por el mero hecho de ser ajeno, siempre parece portador de un sueño inconcluso, de algo que te falta, de una promesa. Pero eso no quiere decir que sea cierto. Si confundimos las cosquillas con el proyecto personal, siempre pasará alguien que te las excite; con las piernas, las nalgas, los senos, el traje correcto, el olor desconocido, la chequera, el estilo o modelo de carro. Va a pasar, porque el humano a la búsqueda huele todo lo susceptible por llenarlo. Pero, lo que es loco, es ignorarlo. La mayoría se dan un susto, y no es para tanto. La novedad produce sin remedio adrenalina, y lo cotidiano nada. Luego entonces, una de dos: O nos quedamos eternamente solteros sin jurar fidelidad para ser picaflor de todo aroma novedoso, o renunciamos al catálogo y construimos una historia con alguien creando olores cotidianos que no siempre huelan a lo mismo. En verdad es difícil que tu esposa te sorprenda en la noche cuando fuiste testigo hasta de su depilación del bigote. Lo mismo con el marido, cuyos calzones compraste al 2x1 en las rebajas. Pero no es eso…es otra cosa y habrá que entenderlo.

La mujer infiel
Este tema es casi novedoso. No porque no se diera sino porque era tremendamente comprometido. Antes de llegar masivamente los anticonceptivos, la mujer infiel corría el riesgo de llegar preñada de cualquiera que se cruzara en su camino por un desliz, con lo cual se comprometía no solo el matrimonio si no el patrimonio, y la posibilidad de que la herencia del marido titular fuera a parar a manos de bastardos hijos del vecino. La moral eternamente ha sido un asunto de dinero, y lo sigue siendo, no nos engañemos. Por ello la exigencia de la virginidad como garantía, los cinturones de castidad y muchos otros horrores para controlar a la hembra fértil por si mentía. Finalmente cuando llegue la liberación dará igual porque a una mujer –en general— le resulta muy difícil tener doble vida. Para empezar, cuando engaña normalmente se enamora, y le choca cultivar un “hombre objeto” con el simplemente echar la siesta los jueves sin mayor complicación en su vida; mucho menos un profesional que le asista sexualmente pagando la hora. Por otro lado, la posibilidad de tener “una casa chica” iría totalmente en su contra, porque de seguro tendría que cocinar en ambos domicilios a medio día, lavar los calzones de dos señores y llevar a múltiples hijos a la escuela en horarios imposibles, además de disimular por meses gestaciones ajenas. Sin embargo, nos guste o no, lo cierto es que los hoteles de paso se llenan a media mañana de mujeres casadas que llegan al cuarto con la bolsa de la compra…pero rara vez sostienen esto a largo plazo como doble vida.

El hombre infiel
El hombre no parece tener mayor problema en tener amantes. Puede tranquilamente conservar el orden y el honor en la “casa grande” y tener una o más “casas chicas”. Hijos incluso en todas ellas, cómo no, al fin no los gesta. Su afán animal te hace pretender ser fecundador de todas aquellas que se le pongan delante, sembrar huevitos por doquier para sentirse semental válido. Y las puede querer a todas teóricamente, sin mayor problema. Pero al final, me temo que no es amado en casa alguna, que sólo esperan su cheque, en la grande y en la chica, y que solitario el donjuán acaba trabajando como esclavo para sostener una sonrisa en cada alcoba donde te digan que es muy bonito, que si lo comprenden, o cualquier otra cosa que lo distraiga por un momento de la soledad atroz de quien no es querido totalmente por ninguna.
El hombre infiel a su esposa jura a la amante que dejará a la oficial en cualquier momento, pero no lo hace, perjura que no la toca desde hace años, hasta que la esposa sale embarazada y no hay quien lo explique. Sí suele ser asi.

Los pretextos
El hombre suele decir que, lo que no encuentra en su casa tiene que buscarlo fuera, como si esto fuera una necesidad imperiosa que no se resuelve de ninguna otra manera. Normalmente concibe a la esposa como madre sagrada y la confunde con la suya erróneamente, hace apenas “el misionero” con ella hasta el aburrimiento. Con la amante incrementa las posturas, los juegos, las fantasías, compra incluso afrodisíacos, sin intentarlo nunca en su casa, desconociendo que todos estamos hechos de la misma sustancia. Pero cuando la amante se institucionaliza, cuando tiene sus hijos y se vuelve rutina, entonces pasa lo mismo, hasta que aparece otra que sí se atreve y lo aprecia, y así eternamente como errante en el desierto afectivo. Sería tan fácil asumir toda la aventura con la persona que ama…y ni siquiera lo intenta.
Otro pretexto engañoso que se acostumbra es el pensar que hay mujeres “lagartonas” que son “baja maridos”, como si él fuera tonto y débil, descerebrado sin opinión alguna, y al llegar una mujer engañadora lo confunde de tal manera que se lo lleva. Esto es una mentira. Las amantes y las esposas son las mismas, depende del espacio y el tiempo, no están fabricadas de distinta materia. Lo mismo los seductores ¿O que creías?.

¿Se puede tener más de uno?

De que se puede, se puede, esto y cualquier otra cosa. Simplemente se trata de ser honestos, de no decir lo contrario de lo que hacemos y hacer lo contrario de lo que decimos. Hay culturas que permiten al hombre cuatro esposas oficiales, y aparte, tantas concubinas como pueda mantener. Yo he vivido en esas culturas y las esposas no se sienten engañadas. Muy al contrario crían a los hijos juntas y son amigas. Nadie las engaña, saben a lo que van. Los que no se puede es jugar de todo con las ventajas y sin las obligaciones de nada. Juramos ser monógamos y somos polígamos. Sería mejor hablar claro para que sepamos todo el terreno que estamos pisando. Has parejas a las que les reactivó un cuerno oportuno en su rutina y recuperaron el ritmo juntos con el aliciente morboso. Hay parejas que fantasean con un tercero en la cama, él o ella. Hay parejas que nunca se engañan porque les duele y se cuentan cuando tienen ganas de un tercero utilizándolo sólo como fantasía. Pero hay parejas –por desgracia la mayoría—que mienten todo el tiempo y llevan una máscara habitando un personaje que ellos mismos no soportan. Éstas son las más terribles, porque sufren ambos, y la vida es una ¿Para qué simular lo que no eres sí todos en definitiva aspiramos a ser amados por lo que somos?.

FUENTE: Revista Desnudarse

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